Volvía a casa a la diez de la mañana, después de la noche. El abrigo no me daba calor, era como si hubiera perdido solidez, como si fuera un pedazo de cartón. La bufanda estaba hueca, vacía, temblorosa..., y pedía disculpas por no cubrir completamente el cuello. Estaba soleado pero faltaba brillo en el cielo. El sol era como la luz de una bombilla a punto de fundirse. Mis pasos eran automáticos. Cruzaba las calles sin mirar, como si todo fuera un gran paso de cebra y yo estuviera protegido ante las embestidas de los coches. Fue un momento en el que no me importaba estar desprotegido, porque sentía que no tenía nada que proteger.
Una vez en casa me pregunté qué había pasado exactamente. Como era de esperar, no me di la respuesta y decidí enredarme en una nube de afectos descompasados y sin sentido, que al menos me hicieran bailar un rato. Pero ni siquiera eso. Había perdido algo por el camino, y no sabía qué. Sólo la sensación de que había cambiado algo. Pero sin trueque. Había cambiado algo por nada. No era una sensación nueva. Era más un recuerdo de lo que son en el fondo las cosas, de la motivación por la que uno hace lo que hace, o por la que no hace nada de lo que podría hacer.
Intenté todo y nada. Eso era: nada. Lo que me dolía era comprobar que el fantasma siempre vuelve. Y que cuando lo hace, nos retuerce el cuello. Y que cuanto más tarda en regresar, más fuerte se hace su vuelta, y más difícil la huida.
Todo es ausencia o apariencia de ausencia. Y quizá no es tanto lo que pasó esa noche, sino la sensación de desamparo que me asaltó de madrugada, como si a mi lado no hubiera nadie. Nunca.